
Es bastante "guai" jactarse de no ver la tele, eso ya lo sabemos todos; pues yo sí la veo, no demasiado, pero lo sufiente como para dejarme atrapar por las garras de algunas series. Concretamente las de médicos, de hospitales (menos Hospital Central) que no entiendo por qué me gustan tanto, pero lo cierto es que me fascinan.
Todo empezó con Urgencias hace años donde babeaba con el pediatra Clooney, que me tenía loquita. Un guapo-guapo, no guapito; tan "un hombre como dios manda", y encima pediatra, pues claro, es como para volverse loca. Pero la serie no sólo me gustaba por eso, lo que me enganchaba era la atmósfera en la que pululaban los personajes, todos bajo el techo de un lugar tan desagradable como un hospital, pasando horribles apuros para salvar vidas, y todo ello bañado con una dosis de humanidad arrolladora. Por eso nos sentimos identificados los ajenos al mundo médico.
Luego llegó House y su bordería genial que, aunque es siempre lo mismo, mola. A Hugh Laurie le han hecho un estilismo tan brutal que se ha convertido en uno de los hombres más atractivos que hay. Es muy alentador, francamente, porque el pobre tenía una pinta bastante penosa. (Engañémonos: todos somos susceptibles de mejorar nuestro aspecto según van pasando los años.) Y ahora estoy inmersa en el hospital de Seattle, con Ellen Pompeo y el buenorro de Patrick Dempsey. Creo que en otra vida fui cirujano, como Meredith. En otra, porque en ésta me baja la tensión con ver una gotita de sangre...
En todas estas series es esa atmósfera de compañerismo, de alegrías y miserias, la que me mantiene atenta a la pantalla, por muy utópico que sea todo. Qué más da.
Lo siento por todos aquellos a los que su elevado intelecto les impide ver una serie; ya les gustaría disfrutar tanto como lo hace una servidora. Eso que se pierden. Ya lo creo.









